La ausencia de palabras nada tiene que ver con la ausencia de ideas, de sentires, de pensares. No.
Fueron más bien días de correr sin sudar, de conocer estando en el mismo lugar, de familia que no es la mía y de desconexión del ciberespacio, para conectar con otro espacio, también desconocido.
La oscuridad iluminada por el brillo que G seleccionó para que me ilumine, me ilumina. Me encuentra pensando, vestida conmigo misma, cosa que es bueno; qué digo, muy bueno.
Miradas de nuevos momentos que se asoman. Expectante los veo acompañados de estrellas nubladas, de siluetas de edificios, de sonidos del volver y de árboles, que si me guiara por la noche, serían de verdes mojados.
Se acumulan. Las ganas de escribir se acumulan. Están ahí latentes al punto de ponerme a dudar. De creer (confieso) por más de un momento, que mis manos dejarán de moverse alocadas, saltando de letra en letra, dejando estela de mis días.
Pero acá están otra vez. Sin dejarme mandar y siendo ellas. Es como si ese lado de mí que quiere pensar está dormido, y el mensaje va directo de ese sector izquierdo tan preciado hasta el final de mis dedos.
Y hacen lo que quieren, y eso se siente tan bien. Es un suspiro descrito por Serif y el peso del carácter es el justo. El que debería ser y que por suerte, es.
Suerte?
En fin, escribo y me hace feliz.
(La nostalgia ayuda. Si. Los momentos de poca luz inspiran. Y la verdad-verdad, es que se siente tan bien –como tantas otras cosas- que al pedo indagar. A Birabent la lluvia no lo inspira, y sin embargo, a mi me hizo dar a luz unas cuantas palabritas).









